Me vienen clientes aquejados de “insatisfacción general”… lo definen como un estado de ánimo apático, desmotivados, irritables..

Días en los que les molesta todo lo que su pareja les dice y lo que no también.

Días en los que no quieren levantarse de la cama.

Ni ver una película, ni hablar con nadie, ni leer…“¡ni siquiera puedo centrarme en mirar el Facebook!” – me dicen.

Apatía = “no puedo”

¿Pero qué es realmente la apatía? Pues es la creencia de que “no puedo”. Es la sensación de que no puedes hacer nada sobre tu situación y de que nadie puede ayudarte.

Y tienes pensamientos de este estilo “de todos modos no va a funcionar, ¿cuál va a ser la diferencia?, no estoy preparado para hacer eso, no tengo tiempo, me olvido de hacerlo…”

Como coach, cuando me llegan clientes así empiezo a desenredar la madeja a partir de ponerme a revisar cómo es un día para ellos, cómo transcurre, qué cosas hacen… y qué cosas no hacen.

Y aquí empiezan las revelaciones: explicando en qué se les va el día a día, veo caras apagadas, diálogos autómatas … y cuando llegamos al capítulo de lo que no hacen pero les gustaría hacer, cambian. Aparece la sonrisa, el brillo en los ojos, la ilusión, el entusiasmo en su voz.

También me llegan clientes atormentados que repiten “no puedo más, no tengo fuerzas para luchar más…”. Describen situaciones endiabladas y complicadas en las que están inmersos, incapaces de ver la forma de actuar ante esa realidad que tienen y que rechazan de forma reiterada.

Y no ven soluciones. Sienten que no hay otras opciones más ligeras. Que están abocados a hundirse más y que hagan lo que hagan siempre salen perdiendo.

Todos tienen 4 cosas fundamentales en común:

  1. que rechazan lo que sienten
  2. que no aceptan su realidad
  3. que no quieren seguir así
  4. que no toman acciones diferentes para cambiar la situación

Si le das peso a lo que sientes no podrás ver salidas…

Este es el esquema básico de cómo funcionamos: ante un hecho o situación determinada sentimos una emoción, la emoción nos impulsa a tomar una decisión para actuar y esa acción nos da unos resultados.

Si los resultados (o la realidad) que tienes con lo que estás haciendo no te gustan, es evidente que vas a tener que modificar tus acciones.

Las emociones te van a llegar y no sólo no has de evitarlas, sino que has de hacerles hueco y permitirte sentirlas. Sean las que sean: rabia, frustración, temor, culpa, vergüenza o apatía.

Ten en cuenta que ninguna emoción es peligrosa en sí misma. Lo que es disfuncional es quedarte enganchado durante largo tiempo en una emoción.

A partir de ahí, de sentir la emoción, sí que tienes la opción de elegir qué acciones tomas y asumir que de eso dependerá los resultados que obtengas.

¡¡No te confundas, esto ocurre para que pases a la ACCIÓN!!

Tienes la opción de no seguir preguntándote el por qué te ha sucedido algo y quedarte paralizado con la emoción que sientes.

También tienes la opción de pasar a preguntarte para qué llega a tu vida ese acontecimiento: qué te impone, qué te impide, hacia dónde te lleva… cuál es el beneficio oculto para ti en lo que está sucediendo.

Cuando te respondas a estas preguntas podrás comenzar a ver cuáles son tus opciones y qué acción vas a tomar para cambiar la realidad esa que tienes y que no te gusta.

La clave de lo que ocurre está en la acción que tomas.

Tu realidad no cambiará si continuas haciendo lo mismo todos los días.

Si quieres cambiar tu sentir, necesitarás pasar a la acción. Sin acción no hay cambios.

Cuando estamos apáticos y no vemos salida ni opciones, es porque experimentamos lo que yo llamo el coste de no hacer: es la diferencia entre lo que quieres y lo que haces por conseguirlo.

Si no modificas tus acciones, tus reacciones, te estas olvidando del principio fundamental de que todos podemos diseñar en quién nos convertimos. Tú eres el único responsable de lo que ocurre en tu vida.

Si esperas que alguien o algo externo a ti te proporcionen bienestar, estarás depositando tu poder personal fuera de ti y eso te va a crear inestabilidad, dependencia y sufrimiento.

El depender en cualquier forma de los demás nos crea una enorme debilidad emocional porque miramos constantemente hacia fuera y dejamos de cuidar y desarrollar nuestras propias capacidades.

Céntrate en ti. Mira hacia dentro. Repasa lo que haces y lo que no haces.

Selecciona, filtra, criba y aparta lo que no te gusta. Crearás espacio para poder hacer aquello que de verdad te gusta.

Acepta cómo te sientes pero no te quedes ahí. Pasa a la acción y toma el control de tu propio poder personal.

Verás alejarse la insatisfacción. Verás llegar los cambios..

Tu elección determinará tu futuro. ¿Qué clase de futuro quieres? ¿Eliges mejorar o convertirte en un lamento ambulante?

 

 

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