Después de más de un mes de paréntesis vuelvo a retomar mi vida. Si, a retomar mi vida porque durante casi cinco semanas he tenido que ponerla en standby. Una lesión muscular intensa me ha dejado fuera de juego, literalmente.

Fuera del juego laboral, del juego familiar, del juego social y completamente inmersa en el juego emocional. ¡Claro, como no!

Un parón de 5 semanas da para trabajar mucho y si no te puedes mover, como ha sido mi caso, da para sacar adelante muchísimo trabajo.

Ahora eso sí, hay que aceptar que es trabajo del que no se ve, del que no se cobra, del que pocos quieren hacer.

Porque es difícil encontrar el momento adecuado en la vida para pararlo todo, para dejar de mirar hacia fuera y hacer una inmersión de 24 horas al día (durante varias semanas) para mirar hacia dentro.

Es decir, dejar de HACER para empezar a SER.

Parar tu mundo exterior para explorar tu mundo interior.

Porque la espiral diaria nos arrastra y nos hace estar tan pendientes de lo que ocurre fuera que no prestamos mucha atención a lo que ocurre dentro.

Y hace falta, mucha falta.

Crear la realidad que deseas es viable… si antes descubres qué realidad tienes

Y precisamente yo, que me dedico a trabajar las emociones, a gestionar los pensamientos y ayudar a los demás a crear la realidad que sueñan, necesito hacer trabajo interior, continuo, de peso, con disciplina y con tesón.

Porque con mi trabajo de coach puedo servir de instrumento a los demás para que construyan y creen la realidad que desean. Siempre que yo haga previamente lo mismo con mi propia realidad.

Y como últimamente no me paraba mucho, la vida que es muy generosa y nos da siempre lo que necesitamos, me paró. De golpe y en seco. Para ayudarme.

Para avanzar, ¿aceptar o resignarse?

La primera reacción que surge en uno mismo y en los que te rodean cuando enfermas por algo es “que mala suerte, yo no necesitaba esto ahora, por qué me tiene que pasar a mi, no puedo parar ahora, tengo mucho trabajo por hacer, que va a pasar si esto dura mucho, como voy a avanzar…”.

Luego viene la aceptación, palabra mágica. Porque aceptar es mágico y ¡ojo! no confundir con resignarse. No es lo mismo.

Cuando te resignas, ves la realidad que tienes y te quejas.

Cuando aceptas, ves la realidad que tienes y en lugar de quejarte, te conectas con una emoción diferente que te lleva a sorprenderte de la vida. Y empiezan a abrirse ventanas repletas de información y nuevas posibilidades que permanecen cerradas mientras permaneces en la queja y el rechazo de tu realidad.

Cada uno llegamos a la vida con una cartas. El trabajo interior te permite poder reflexionar en profundidad acerca de las cartas que te tocan y acceder a ver todas las posibilidades que tienes para jugar esas cartas de la mejor manera posible. Con el trabajo interior TU ELIJES.

Cuando sentimos la limitación en el cuerpo físico es tentador preocuparte por los recursos materiales, sentirte víctima y culpar a la mala suerte, al destino, al entorno que nos rodea. Pero es bien cierto que dentro de cada limitación, ya sea en nuestro cuerpo físico o en nuestro entorno social o laboral, hay también un lado potencial y expansivo. Y es que no dudes que todas las experiencias nos llegan para mejorar algo, para reparar algo que no está fluyendo, para crecer y para expandirnos.

¡Despierta, todo lo que te ocurre tiene un para qué!

Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a echar balones fuera y responsabilizar a los demás de todo lo que nos ocurre, que nos acabamos creyendo que no somos responsables de nuestra realidad. Pues ¡despierta! porque si no ves que en todo lo que te ocurre hay algo positivo y grande para ti es que ¡estás dormido!.

Con un poco de silencio, quietud y reflexión puedes comprobar que las circunstancias externas tienen poca influencia en el logro de la felicidad que tanto buscamos.

El tener recursos materiales ayuda, complementa y es necesario para satisfacer las necesidades básicas, pero en la felicidad influyen mucho más los aspectos personales que tienen que ver con el SER en lugar de con el TENER: el optimismo, la autoestima, la confianza, la gratitud, el cariño, el significado de la vida.

El conectar con estas emociones y mantenerlas de forma sostenida es una garantía de éxito, en cualquier ámbito que te propongas. Y la forma de contactar con todas estas emociones es a través del desarrollo personal.

A mi me ayuda y me ilusiona el saber que es posible el cambio y la mejora con el desarrollo personal. Así que esta lesión que me ha venido la he catalogado de regalo. Si, un regalo que la vida me ha traído para que parase y pudiese avanzar después.

Estoy respuesta, recargada, revitalizada, reilusionada, remotivada, reinspirada…

Todos podemos elegir como queremos vivir cada momento de nuestra vida. Puedes elegir la queja y la excusa o el coraje y la acción.

Yo elijo la acción y vivir la vida con aprecio, gratitud y confianza. ¿Tu que eliges?

Os dejo un bonito cuento que me encanta y que me recuerda la belleza de confiar en todo lo que me ocurre. Su lectura me inspira a seguir confiando en la vida.

Buena suerte, mala suerte… ¿quién sabe?

Había una vez un agricultor, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Tenía un caballo para trabajar y era su bien más preciado.

Un día el caballo se escapó y su vecino le dijo:
-Tu caballo se escapó ¿qué harás ahora para trabajar el campo? ¡que mala suerte!

El agricultor le respondió:

-Mala suerte, buena suerte… ¿quien sabe?

A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo salvaje.
Esta vez el vecino le dijo:

-Ahora tienes tu caballo y otro más que podrás vender y sacar más dinero ¡que buena suerte!

El agricultor le respondió:

-Buena suerte, mala suerte… ¿quien sabe?

Unos pocos días después, el hijo montaba el caballo salvaje para domarlo y cayó al suelo rompiéndose la pierna.

Otra vez el vecino fue a decirle:

-Tu hijo no podrá ayudarte y tu ya estás viejo para trabajar solo ¡que mala suerte!

El agricultor le respondió:

-Mala suerte, buena suerte… ¿quien sabe? 

Pocas semanas después estalló la guerra con el país vecino y el ejército empezó a reclutar soldados para ir a la batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado lo declararon no apto.

Esta vez el vecino le dijo:

Se llevaron a mi hijo y al tuyo lo dejaron por tener la pierna rota ¡que buena suerte has tenido!

 

A mi una lesión me paralizó y tuve que parar mi vida temporalmente.    Mala suerte, buena suerte… ¿quién sabe?

Pin It on Pinterest

Shares

Comparte esta pagina

Difunde GreenCoaching

Shares