Desde que tengo edad para recordar de forma consciente, he tenido la sensación de que en muchas ocasiones me faltaba una pieza del puzle por cuadrar. Me encontraba a menudo ante situaciones aparentemente normales y sencillas en las que yo no conseguía disfrutar porque no entendía mis propias reacciones y, además, conseguía meterme en líos con bastante facilidad. Ante cosas que veía o comentarios que escuchaba me llegaban emociones que no sabía de dónde me venía ni tampoco sabía como gestionar y me estancaba, me quedaba enganchada en lo que me hacía sentir mal, con lo cual me resultaba muy agotador sacar todo lo mejor de mi o ver lo mejor que siempre hay en los demás.

Creencias… ¡son la madre de la ciencia!

Mi vida ha sido una continua búsqueda de explicaciones que comenzó siendo yo muy jovencita. Yo vengo de una familia muy tradicional y muy patriarcal. En mi familia las mujeres no contábamos mucho y todo estaba reservado para los hombres de la casa. A las mujeres se nos enseñaba a obedecer y a acatar las decisiones del cabeza de familia, o sea, mi padre. Crecí inmersa en un mundo de creencias que más tarde comprendí lo limitantes que fueron para mi y lo difícil que me resultó durante muchos años vivir con ellas.

Desde muy temprano asumí el rol de rebelde en la familia porque continuamente cuestionaba esas costumbres tan convencionales que teníamos en casa. En cuanto cumplí 18 años me revelé claramente hacia ese mundo exterior que no me gustaba y salí de casa buscando libertad y respuestas, lo que me costó un duro enfrentamiento con el clan familiar. Lo que yo creí es que me revelaba contra mi familia, cuando en realidad contra lo que me estaba revelando era contra esas creencias limitantes que llevaba grabadas y que también salieron de casa conmigo cuando abandoné el hogar familiar a los 18 años.

Así que trabajé mucho y muy duro, consiguiendo todo lo que me proponía pero a base de un esfuerzo y un sufrimiento que ahora entiendo completamente descomunal e innecesario. He trabajado y vivido en varios países, en varios sectores y en varias empresas pero siempre con un perfil de trabajos que respondían claramente a mi patrón y creencia de obediencia: asegurándome siempre de elegir jefes a los que obedecer a pies juntillas, protestando, pero acatando.

Hasta que en mi último puesto de dirección, mi jefe me ayudó a comprender que a quien realmente yo quería obedecer era a mi misma. Así que abandoné la gestión empresarial y me empleé a fondo en mi propia gestión personal. Me retiré a pensar, leer, reflexionar y buscar esa pieza del puzle que me faltaba hasta que la encontré.

No voy a disimular nada, la verdad es que el cambio fue como saltar al abismo, cambiar de hábitat, entrar en la selva… seguía siendo madre, esposa, hermana, amiga, ¿pero quien era profesionalmente si ya no era “directora”? Me refugié durante meses en un paraje retirado del mundo empresarial y urbano y busqué, busqué y busqué.. que quería, quien era, que me hacía llorar y que me hacía vibrar, aprendí a alinear valores y creencias, aprendí a aceptar el pasado y empecé a interesarme sólo por el presente.

Modifica tus creencias y cambiarás tus reacciones

Todo era una cuestión de creencias, habían muchas que tenía muy arraigadas y que consideraba certezas y todas me llevaban a no confiar mucho en mí. Empecé a identificarlas y a trabajarlas, una a una y sin descanso. Desde entonces he crecido mucho y mi conciencia se ha expandido exponencialmente. Aprendí a modificar creencias y empezaron a ocurrir cosas: comencé a creer en mí y el coraje con el que me enfrentaba a todo me empezó a llevar por el camino de la ilusión. Me ilusioné conmigo misma y sentía a diario una energía creadora que desmanteló mi tendencia al esfuerzo desde el sufrimiento y la inquietud. Aprendí a esforzarme desde el disfrute, a abrazar la incertidumbre y a dejarme llevar por la vida, sin pelearme con ella, aprendí a confiar y a fluir.

Ahí decidí dedicarme al coaching, para poder enseñar a los demás la importancia de nuestras creencias, de la gestión de los pensamientos y las emociones y a hacer crecer la autoestima de los demás como la espuma. El coach es un guía perfecto en la identificación de creencias que nos limitan y que nos impiden avanzar y expandir el poder personal que cada uno de nosotros llevamos dentro.  

Dejar mi puesto de dirección me ofreció la oportunidad de adentrarme en esa búsqueda de mi verdad, en entender mis contradicciones, en aprender a aceptarme a mi y a los demás, a ser la maestra de mi vida. ¡Por fin comprendí y encajé las piezas del puzle de mi vida! Comprendí que no puedes hacer todos los días algo que no te gusta, que no puedes decir que sí todo el tiempo cuando quieres decir no la mitad de las veces, que el trabajo es una actividad que te permite tener un medio de vida disfrutando y no sufriendo, que mis ideas, mis intuiciones y mi sexto sentido no son descabelladas… en definitiva, comprendí que permitiéndome ser yo misma cada día y en cada momento  PUEDO SER UNA PERSONA FELIZ.

¡Atrévete a modificar tus creencias y ser tu mismo!

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