Hace poco leí un cuento de G. Papini “El reloj parado a las 7”. Me encantó, sentí como si lo hubiesen escrito para mi. Me llevó a hacerme la pregunta de ¿Confiar o luchar?. Ya te anticipo la respuesta: siempre confiar.

El cuento habla de un reloj que un día se paró a las 7 y sigue colgado en una pared marcando las 7 desde hace mucho tiempo.

Hay dos momentos mágicos del día en los que el reloj se pone en hora: cuando todos los relojes del mundo marcan las 7.

Son momentos en los que el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo. (Puedes leer el cuento al final del post).

Me ha gustado tanto porque yo también siento cómo hay momentos o incluso días en los que, como el reloj del cuento, me paro. Sí, me paro. Porque dejo de confiar.

¡Confiar siempre trae premio!

En cambio, hay días en los que siento una energía que me empuja desde el primer momento en que abro los ojos al despertar. El verbo confiar parece estar omnipresente. Siento una alegría y una sensación de bienestar y gratitud extraordinaria. Entro en la ducha con la clara sensación de que soy afortunada, de que la vida es maravillosa y que yo soy un ser muy especial que he venido a completar una parte de este mundo físico en el que vivimos.

Es cuando empiezo a confiar y a tomarme mis placeres seriamente y no me cuesta ser feliz porque encuentro satisfacción en todo lo que hago, lo grande y lo más pequeño también.

La dicha de lo grande y de lo insignificante

Porque además de poder ayudar a cambiar la vida de las personas que se lo proponen, están los placeres diarios que me hacen confiar y sentirme muy afortunada: levantarme y andar sin ayuda, despertar a mi hijo comiéndomelo a besos, dar un paseo por la playa acariciada por el sol de invierno, hablar durante dos horas con mi gran amiga Carmen a quien adoro, preparar y tomarme una taza de café expreso con leche de almendras, leer un libro que me inspira en mi sillón favorito …

Es entonces cuando me pongo en hora: igual que cuando el reloj del cuento coincide con el resto de relojes del mundo y, por unos momentos, vuelve a estar en hora (aunque siempre marque la misma).

Cuando estoy “en hora”, fluyo, me inspiro, me expando…

Yo, cuando “me siento en hora”, estoy inmersa en un maravilloso estado de fluidez que me centra, me enfoca. Me empodera. Me inspira. Vuelvo a confiar.

Me asalta la creatividad y empiezo a liberar mis obras de arte. Me llega la magia que emana de confiar.

Como el efecto que para mi tiene el coaching: ¡magia!.

Claro que la magia ocurre porque me llevo continuamente al límite, me creo que puedo lograr lo imposible y lo consigo a base de convivir con el miedo, de aceptar mi vulnerabilidad. Y, como no, de confiar.

Y en ese proceso de llevarme al límite me paro. Y sigo. Y paro. Y sigo. Y paro. Y sigo…

Confianza = hacer posible lo imposible

Y empiezan a ocurrir cosas: lo imposible se hace posible y se me pone ahí, accesible, cercano, al alcance de mi mano.

Extiendo la mano y, con una facilidad increíble, lo alcanzo. Es el momento mágico en que me pongo en hora.

Y descubro que hay momentos de mi vida en los que yo también me siento –como el reloj– en completa armonía con el universo.

Y también tomo consciencia de que cuando me paro –como el reloj-, es en esos momentos en los que me enfrento tozudamente a una realidad que no me gusta. Son esos momentos en los que dejo de confiar y los que no comprendo que todo lo que me viene es lo perfecto y lo correcto para mi.

Y es que la vida nos trae exactamente lo que necesitamos y no lo que queremos.

Entregarte a las emociones que te llegan ante situaciones que no te gustan, te meten en una batalla: la guerra de no aceptar lo que hay.

Y no aceptar te esclaviza. Pierdes tu parte lúdica. Y te paras.

Esta reflexión me lleva a comprender que la vida es todo: el reloj en hora y el reloj parado. O lo que es lo mismo: cuando estoy en hora y cuando estoy parada.

Y me vuelvo consciente de que para poder percibir y sentirme en armonía con el universo tengo que sumar todos esos momentos en los esa energía vital me empuja, cuando me embarga la fluidez y estalla mi creatividad.

Y, de la misma forma, aceptar sin reservas los momentos de fuera de hora, los que no siento la perfección. Sólo así puedo apreciar conscientemente la alegría de estar en hora.

Entrégate a la vida como te llega. Acepta lo que te trae, todo, lo que te gusta y lo que no. Sólo aceptando alejas la batalla inútil de la negación.

La vida te trae lo que necesitas y no lo que quieres. Dale a lo que te ocurre un sentido de aprendizaje.

Confía en que todo lo que te llega es para mostrarte aquello en lo que todavía estás débil, lo que todavía tienes que trabajar un poco más.

La vida es una gran maestra que te va a dar lo que necesitas. Si te sientes retroceder ante algo que creías superado, es PORQUE NO ESTABA SUPERADO.

Recibe cada retroceso con alegría: estás más cerca de la meta.

Cuento El Reloj parado a las 7, de Giovanni Papini

 En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas desde casi siempre, señalan imperturbables la misma hora: las siete en punto.

Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix.

Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de las máquinas hacen sonar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo.

Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección… Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que una vez detuvo su andar.

Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez siento que me parezco más a él.

También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil.

También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía.

Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora.

Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable. 

La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como mi amigo el reloj, también se me escapa el tiempo de los demás.

Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otros hombres, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar, que acostumbro a llamar vida.

Pero sé que la vida es otra cosa.

Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo.

Casi todo el mundo, pobre iluso, cree que vive.

Solo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.

Por eso te amo, reloj. Porque somos la misma cosa tú y yo.

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